La hija del betunero

Era uno de aquellos eventos a los cuales dudé en asistir. Tenía un fuerte resfriado, recién cerca de las diez de la noche del día anterior -y luego de dejar a la familia dormida- pude revisar el discurso, para darme cuenta a esa hora de que faltaban importantes cifras. Pese a todo, pasada la medianoche le envíe las correcciones y los respectivos pedidos de información a mi asistente.

La mayor duda era que ya habíamos graduado a 5.000 jóvenes y adultos en el programa de bachillerato acelerado. Entonces, ¿para qué tenía que ir a Guayaquil a inaugurar el nuevo ciclo?

Temprano al día siguiente, yendo a Tababela y como de costumbre revisando en el carro las nuevas cifras, hablé con el Ministro de Educación, quien me supo explicar que la primera graduación fue un plan piloto, que para este año se había programado 100.000 jóvenes para el programa de bachillerato acelerado, pero que, por las dificultades económicas y haciendo malabares, solo pudimos abrir el programa para 25.000, y que todo lo había acordado conmigo.

Tenía razón. No lo recordaba, pero hacer todas estas verificaciones desde un incómodo vehículo, siempre me estresa y tengo que luchar para no perder la alegría. Cuando llegué a Fedenador en Guayaquil, lugar del evento, mientras caminaba hacia el escenario, preguntaba sus historias a  los jóvenes que repletaban el auditorio.

Algunos tuvieron que dejar los estudios por la necesidad de trabajar. Otros, fueron  padres o madres adolescentes. Todos, llenos de una gratitud infinita por la oportunidad de completar su bachillerato en apenas un año. La energía positiva flotaba en el ambiente.

Pero  lo más intenso de la jornada fue cuando en el acto de inauguración del año lectivo intervino Lesly, la mejor graduada del llamado plan piloto. Bastaron pocos minutos para descubrir su madurez, su serenidad, su profundidad, su brillantez. Hija de un betunero y a sus 24 años con una niña de 4, decidió obtener su bachillerato, después de haber dejado el colegio para ayudar económicamente a su familia. En su intervención, con hermosas y sencillas palabras, contó lo duro que fueron  los estudios, cómo se apoyaban mutuamente entre compañeros, y sus deseos de ser profesional para poder dar a sus padres e hija un mejor lugar donde vivir.

Cuando finalizó su extraordinario y sentido discurso, fui a darle un gran abrazo. Ante mis preguntas, me contó que vivía con sus padres en una casa de caña en una cooperativa detrás de Samanes, y que deseaba convertirse en ingeniera en turismo. Tuve que empezar mi intervención agradeciendo sinceramente a los jóvenes presentes por la lección de vida que nos estaban dando, y contándoles lo pequeñito que me sentía frente a personas como ellos.

Durante el discurso de Lesly, me preguntaba dónde estaría ahora una chica tan capaz si hubiera gozado de adecuadas oportunidades, pero gracias a la Patria nueva, sí sé dónde estará dentro de poco: ella tendrá una beca de la Revolución Ciudadana para que estudie donde desee, así como una casa segura  para que la disfrute junto a su hija y sus padres. Siempre rendiremos tributo al esfuerzo y a la excelencia.

Por las Leslys de la Patria, todo valió la pena. (O)

Artículo publicado en el Diario El Telégrafo

Fotografía: Andes