De un domingo a viernes

Los grandes acontecimientos narrados en los evangelios canónicos desde la entrada de Jesús a Jerusalén hasta su muerte en la cruz, son sin duda hechos y personajes reales, es decir, historia, no leyenda, sin intervención alguna de cuestiones de fe.

De un domingo a viernes, tiempo de acuerdo a la tradición, las mismas manos que batieron palmas para recibir a Jesús como rey, se levantaron en puños para pedir su crucifixión precisamente por… ¡creerse rey! Manipulados por los hacedores de “opinión pública”, los sumos sacerdotes y los escribas –los conocedores de la ley de aquel entonces-, no dudaron en pedir a gritos la liberación del criminal y la muerte del inocente.

Los poderes fácticos de aquella época, como de costumbre, tuvieron la capacidad de hacer creer a los subordinados que lo que era bueno para los intereses de las élites, era bueno para todos.

Hubo como siempre los pocos que se mantuvieron leales pero impotentes, aquellos amigos que nunca piden nada y siempre dan. Fueron especialmente mujeres. Hubo, también como siempre, los pocos pero poderosos fanáticos llenos de rencor, aquellos que primero odian y luego se convencen de la perversidad del adversario para justificar su inquina, cuando en realidad consciente o inconscientemente tan solo respondieron al peligro de perder su poder y sus espacios.

No faltaron el traidor que se vendió por unas monedas, ni el amigo que se acobardó. Tampoco estuvo ausente el gran estadista, que logró evitar la revuelta y calmar la “protesta social”.

Finalmente, frente a tanto alboroto, se evitó la muerte de muchos a cambio tan sola de una… Poncio Pilatos merece un análisis aparte, porque ha sido uno de los personajes más maltratados de la historia. En nuestros días, probablemente hubiera sido condecorado y habría terminado sus días en alguna prestigiosa institución académica dando cátedra sobre “manejo de crisis”. Nació para la política. Supo guardar el puesto, supo contemporizar. Pilatos es supuestamente todo lo que rechazamos, cuando en realidad es lo que aplaudimos cada día: la “astucia” y “habilidad”, aunque sea fruto de la ausencia de escrúpulos y convicciones.

Pero, sin duda, lo que decidió la jornada fue esa gran masa de gente manipulable, que luego de la muerte del inocente lloró de arrepentimiento, y que nos demuestra que más que buenos y malos, todos somos capaces de las más grandes noblezas, así como de las más grandes vilezas. Dos mil años después, el mayor enemigo de la humanidad, sigue siendo ella misma.

Publicado en diario El Telégrafo.